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  • Javier Jileta

La prosperidad urbana

La incertidumbre es una constante en la existencia humana. Jamás habrá que olvidar que la existencia de la vida en el universo es un accidente en el todo de la historia “universal”. Quizá accidental es la creación de estos núcleos fértiles de creación de vida, como los arrecifes… y todavía más impresionante es la creación de ciudad: nacida de la necesidad humana por compartir aquel aislamiento existencial que todos tenemos. La ciudad es la manifestación tácita de la necesidad de los seres humanos por encontrar con quién compartir su existencia, transmitir su gozos y tristezas y, sobre todo, prosperar.

Cualquier concepto puede ser tan complejo como se desee, aunque entre más sencillo más plausible resulta su explicación. Idealmente. En este caso, la prosperidad urbana se entiende en tres dimensiones: la primera, un lugar proclive a la existencia de los medios de vida; la segunda, un lugar donde dicho entorno es apetecible a la experiencia del ser humano y, la tercera —y quizá lo más complejo—, un espacio donde la experiencia de la existencia es tal que permite al ser humano gozar su vida (en la medida de su capacidad).

Entre mis múltiples discusiones sobre qué es la urbanidad, siempre he optado por creer en una definición social entendida como el espacio de interacción en alta densidad de seres humanos que se manifiesta en arreglos físicos e intangibles. No sin olvidar a quien ha marcado mucho de mi pensamiento: los artefactos de comunicación foucoulteanos que explican cómo dichos símbolos y posicionamientos alteran el rumbo de las decisiones de la sociedad. En repetidas ocasiones, la visión planteada es criticada bajo el amor a la urbanidad de piedra (periodo cuasi cretáceo-paleógeno) que sólo ve en lo físico la ciudad. Mi predilección por reinterpretar el entendimiento humano es claramente a favor de aquello más allá de lo físicamente evidente: las venus y su fertilidad; la despedida de quienes se van (entierros ceremoniales), entre otros. Por lo que, en términos de ciudades, no puedo reducir mi entendimiento de las mismas a la pobre retícula urbana y su minimizadora representación de lo que implica la vida humana.

Ahora bien, la prosperidad urbana pasa por un elemento básico que en las últimas décadas dejó de ser apreciado: el Estado. Fiel a la tradición veneciana de Estado, de la oposición a la mística capturada por entidades atípicas, el Estado se consolida como la mayor forma de protección, capacidad de generar acuerdos y sobre todo generador de condiciones estético-aspiracionales de vida. Dicha invención humana ha permitido una enorme capacidad de los seres humanos para satisfacer sus necesidades básicas, desear vidas de experiencia plena (feliz) y también de generar imaginarios suficientemente robustos como para inspirar a generaciones de humanos.

El COVID y la realidad que le acompaña es muestra fidedigna de la fragilidad de la existencia humana; no sólo en términos individuales, sino —y aquí la tragedia— de nuestra existencia social. Con frecuencia leo y escucho constantes posturas que hablan del fin de la urbanidad, del fin de la convivencia humana, del fin, pues… de la esencia de lo que un ser humano anhela a cada instante. Me rehúso a ser parte de tan desafortunada posición. Hoy más que nunca es cuando los mayores esfuerzos comunes de la humanidad están rindiendo frutos y esto es gracias a los andamiajes llamados Ciudades.

Existen dos evidencias extraordinarias: por un lado, el esfuerzo global por defender la vida humana de nuestro propio desprecio del medio ambiente y, por el otro, la reivindicación implícita de los académicos y estados como la mejor defensa de la humanidad.

La cooperación internacional existente jamás habría sido posible sin las ciudades, donde se comparten tratamientos efectivos (y no efectivos), insumos médicos, equipos médicos, métodos de diagnóstico, metodologías de análisis y casos de estudio emblemáticos. Las ciudades y nuestros vasos comunicantes multilaterales han sido quienes generaron un grupo global ultra-conectado a través de nuestras Cancillerías, que hicieron frente en buscar soluciones conjuntas que sólo se explican con espacios comunes de encuentro que fueron posibles gracias a pactos generados en Ciudades.

Habrá que recordar que la batalla por defender el medio ambiente es una que no está concluida. Mientras que patéticamente en términos económicos valga más lo que se extrae del medio ambiente que el propio ecosistema, seguiremos en dicha ruta. Si bien la tesis de adaptación nos hace pensar en que en su momento los recursos se irán a optimizar y resolver la emergencia climática, pensar que la capacidad del sistema capitalista será suficiente para remontar el daño es ingenuo. En cierta medida habría que agradecer al COVID por mostrar la importancia de ecosistemas, de la fragilidad de la biósfera y también de la enorme responsabilidad que tenemos globalmente para hacerle frente. Primero es el planeta, y una manera muy concreta de que toda la humanidad se percate de la existencia de “UN SOLO ECOSISTEMA INTERCONECTADO” es la crisis de COVID. Si yo me cuido, cuido a otros y viceversa.

La academia y la investigación básica/aplicada hoy se convierten en el verdadero escudo de la humanidad en la batalla del planeta por la existencia de la especie. Miles de millones de euros, dólares, yuanes, que hasta hace décadas se decía que eran invertidos “de manera desperdiciada”, hoy muestran que gracias a estas mentes brillantes, con profundidades de pensamiento y educadas en el método científico, son nuestra más eficaz defensa. La academia, mal entendida, reprochada, y muchas veces despreciada, como es el caso de la continua y global reducción del fondeo a instituciones dedicadas a crear conocimiento, hoy reivindica su lugar en la sociedad.

Los esfuerzos globales para defender la vida usando estados y sus andamiajes hoy dejan claro que sin academia e investigación no podríamos generar una trayectoria e imaginario posibles donde podamos salir adelante. Ambas piezas son necesarias y son inseparables. Diría Mazucatto: “el mayor emprendedor en el capitalismo es el estado” y sus start-ups “la ciencia públicamente patrocinada”. Hoy son quien nos salvará.

Las ciudades, por su parte, son esos espacios que generaron los andamiajes estatales, las instituciones multilaterales, las que generaron las universidades de investigación, los centros de ciencia básica y aplicada… donde al mismo tiempo, tanto usted como yo anhelamos tener una vida con una experiencia plena llena de gozo.

Entendiendo que la ciudad es un andamiaje de relaciones sociales que hoy se ven fragmentadas por el asesino urbano: el COVID19, el cual resulta la mayor prueba a la resiliencia del anhelo que tenemos todos los seres humanos por compartir, crear y replantear hacia dónde queremos llevar el significado nuestra existencia para las próximas generaciones.

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 2020 by Javier Jileta