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  • Javier Jileta

Un México sano

Existen muchos Méxicos. Mi historia familiar se divide entre el México rural y el México urbano. Tiene sus orígenes entre las zonas rurales de Jalisco y Coahuila, así como en la Ciudad de México. A través de generaciones, me enteré del destino de muchos de mis tíos y tíos abuelos que no llegaron a tener la edad que yo tengo ahora.


La historia de nuestro México contemporáneo está llena de vitalidad. A lo largo de los últimos 50 años hemos podido combatir las principales causas de muerte temprana en la sociedad. Ahora, toca a nuestra generación no aflojar ese esfuerzo y luchar contra las enfermedades crónicas.


Transforma la mente el hecho de soñar con que cualquier persona en cualquier lugar sepa que siempre tendrá adonde ir para atender sus necesidades de salud. ¿Cómo se sentiría la gente en un México así? ¿A qué podríamos aspirar? ¿Cómo sería ese México?


Nuestro país tiene activos de salud por todo el territorio. Muchas veces, las mediciones y definiciones de política pública global están circunscritas a la calidad del servicio. Es más, configuran un estándar en torno a una medición que no permite optimizar cómo México puede hacer mejor frente a las crisis de salud. Es decir que, al comparar a México internacionalmente, priorizan las necesidades de países con sistemas de salud más desarrollados y que tienen prioridades distintas. Nuestro país, por ende, debe de primero priorizar su “capacidad de respuesta”.


Este término hace referencia a la cercanía y solución a los problemas más sencillos que nos aquejan a todos los mexicanos. Es decir, enfocarse en poder decir que ningún niño morirá de diarrea, que ninguna madre morirá al dar a luz; mientras que también ver qué capacidad de respuesta inmediata tenemos a los fenómenos de coyuntura epidemiológicos. Estos objetivos pasan por tener sistemas de monitoreo y seguimiento en todo el territorio. Los puntos de contacto existen: son todas las distintas ramas de los servicios de salud actuales.


Estos puntos de contacto permiten generar información directa de la población y, a su vez, tener datos oportunos para que individuos, empresas y gobierno puedan actuar en consecuencia. No debemos soslayar la importancia de que la operación de estos puntos sea tan simple que no entre en la reforma total de salud en un santiamén. Ya sabemos lo que eso lleva: los trágicos y desastrosos resultados en tiempos de COVID. Necesitamos que los sistemas se empiecen a integrar a través de estar en contacto con la población y que la cúpula pueda sentir el pulso de lo que pasa: las principales dolencias, carencias y necesidades para lograr atenciones, con el fin de que lo más inofensivo permanezca de esa forma.


Con el hecho de saber los mexicanos que cualquier enfermedad, sea aguda o crónica, puede detectarse y tratarse a tiempo, podríamos replantear desde nuestro gasto familiar y personal, hasta un nivel tal como quién gobernaría el país. Este mínimo acuerdo común nos acercaría a poder defender un nuevo amanecer verdadero para todos. Uno en el que, a través de impuestos claros y específicos que se vayan a la operación de estos puntos, las dolencias de muchos serían apoquinadas por quienes mucho aprovechan.


Se trata de darle sentido al pacto social que el Estado defiende con todos los mexicanos. Eso es un sentir que debemos anclar y elevar.

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