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Infraestructura como decisión ética: lo que revela la nueva Ley de Infraestructura México 2026

  • Foto del escritor: Javier Jileta
    Javier Jileta
  • 14 abr
  • 2 Min. de lectura
Vista de infraestructura en construcción en México representando la nueva Ley de Infraestructura México 2026
Vista de infraestructura en construcción en México representando la nueva Ley de Infraestructura México 2026

Con la promulgación de la Ley para el Fomento de la Inversión en Infraestructura Estratégica para el Desarrollo con Bienestar, México tomó una de las decisiones más relevantes de este sexenio. El momento en que dejó de elegir entre Estado y mercado para articular ambos bajo una lógica de rectoría pública con participación productiva. La pregunta de fondo no es si la inversión privada debe participar en la infraestructura nacional, sino bajo qué reglas, con qué prioridades y al servicio de quién.

La nueva Ley de Infraestructura México 2026 responde con un instrumento que puede cambiar la ecuación: el Estado define y coordina; el capital privado y social participa a través de Vehículos de Propósito Específico, fideicomisos, sociedades u otras figuras jurídicas, diseñados para aislar riesgos, emitir instrumentos bursátiles y canalizar ahorro institucional hacia infraestructura pública estratégica. La posibilidad de dirigir hasta 30% de los recursos de las Afores hacia estos proyectos, supervisados por la Consar, es una apuesta por financiar activos productivos nacionales en lugar de depositar ese ahorro en bonos extranjeros.

Noruega construyó su prosperidad sobre una premisa análoga: los ingresos petroleros deben invertirse con visión de largo plazo, bajo gobernanza transparente y mandato ético. Su fondo soberano, que hoy supera los 1.5 billones de dólares, demuestra que es posible combinar rectoría pública, inversión institucional y participación privada sin que el Estado pierda el control de las prioridades. México no debe copiar ese modelo (las condiciones son distintas), pero el principio es transferible: cuando un Estado decide que su ahorro institucional sirva a la infraestructura del bienestar, los resultados se miden en conectividad que llega, en agua que funciona, en escuelas con electricidad.

Una ley, por sofisticada que sea, vale lo que vale su ejecución. Los retos son claros: velocidad operativa para convertir legislación en obra; certidumbre jurídica que convenza a un sector privado donde, según Banxico, ningún empresario considera que sea buen momento para invertir; y transparencia proporcional al poder de los nuevos instrumentos financieros. El pipeline de 5.6 billones de pesos entre 2026 y 2030 es ambicioso. Su credibilidad dependerá de contratos publicados, avances medibles y rendición de cuentas real.

México tiene frente a sí una ventana que no se abre con frecuencia. La revisión del T-MEC exige plataforma logística competitiva, el nearshoring demanda conectividad territorial, y la transición energética requiere redes en construcción. Detrás de cada kilómetro de carretera, cada puerto y cada red eléctrica hay una decisión ética sobre quién merece acceso a la modernidad. La prosperidad compartida no se legisla: se construye, decisión a decisión. México tiene la respuesta. Falta demostrar que también tiene la disciplina.


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 2020 by Javier Jileta

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